Phil Levin:

Cinco grupos se propusieron iniciar una ambiciosa comunidad de convivencia. Cuatro de ellos fracasan. Uno tiene éxito.

¿Cuál fue la diferencia?

Sin ninguna otra información, mi suposición sería esta: El grupo que tuvo éxito tenía una o dos personas dispuestas a decidir en nombre del grupo. Los cuatro que fracasaron intentaron llegar a un consenso dentro del grupo.

Eso es todo. Ese es todo el post. Pero permítanme explicar por qué, porque me tomó años y ver a un par de cientos de grupos para creerlo realmente.

Muchos tenemos ganas de iniciar (o pertenecer a) una comunidad, y romantizamos la idea de que un interés en común va a hacer que la convivencia sea en automático sencilla y llevadera. En la práctica, rara vez es suficiente. 

No existe un diagrama de Venn de las preferencias individuales de cuatro o más personas. ¿Ese punto ideal donde todos se traslapan en el centro? No existe. Ni para una casa. Ni para un vecindario. Ni para nada que tenga que satisfacer vestidores, parques cercanos, distritos escolares, espacio de cochera y los sentimientos de alguien sobre las cocinas de plano abierto, todo al mismo tiempo.

Alguien no va a obtener su preferencia personal. Eso no es un error en tu grupo. Es simplemente matemáticas. Lo que significa que solo hay dos opciones reales: la gente se suma a pesar de sus preferencias, o los expulsas. No hay una tercera puerta donde la lista de deseos de todos se satisfaga silenciosamente.

La cruda realidad de cualquier comunidad sana es que necesita de alguien que se atreva a decidir por el resto del grupo, y lidiar con las consecuencias de que alguien no esté de acuerdo con ello. 

Me recuerda un poco a la paradoja de la tolerancia, de Karl Popper.