Los ricos tampoco son particularmente felices.

Nadie derrama lágrimas por ellos (y con razón). Pero quienes han "triunfado" también experimentan una profunda falta de propósito. Algunos han pasado de menos de 150.000 dólares a más de 50 millones en pocos años sin un crecimiento gradual. Esto trastoca por completo los planes de vida. Para algunos, la comparación les roba la alegría. Otros escapan a Nueva York para "vivir la vida". Otros, en cambio, crean empresas "porque sí", a menudo para ganar prestigio. Nunca imaginaron que a los 30 años ya tendrían la vida resuelta. Una vez le pregunté a un amigo fundador de una empresa poseconomista por qué no vendía la compañía y me respondió: "¿Y para qué? Ahora mismo, todo el mundo quiere hablar conmigo. Si vendo, solo tendré dinero".

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