La excusa número uno que escucho de los ingenieros para evitar tomar roles de liderazgo es siempre la misma: "Es que me caga la política. Yo solo quiero escribir código y que me dejen en paz".

Muy purista de su parte. Pero hay una regla universal que tienes que tatuarte: puede que a ti no te importe la política, pero a la política sí le importas tú.

Donde hay personas, hay política.

Y si eres parte de una organización, ya estás metido en el juego, te guste o no. Ignorarlo no te hace superior; te hace vulnerable.

La política no es ser falso, es hacer trade-offs.

Tenemos esta idea de que hacer "política" es andar de lamebotas o apuñalar gente por la espalda. O sea, sí; pero no siempre.

La política de oficina, en su forma más pura, es la capacidad de hacer trade-offs. Es entender las prioridades de los demás, saber qué batallas pelear y en cuales lo mejor (y más sencillo, por lo general) es hacerse para atrás.

Liderazgo es la capacidad de influenciar sin título. Y no puedes influenciar a nadie si no tienes el radar prendido. Si llegas a presentar una iniciativa técnica padrísima el mismo día que sabes que dos directores se están agarrando del chongo por temas de presupuesto, ni te van a pelar. Y no fue porque tu código estuviera mal, fue porque no supiste leer el cuarto.

No empieces a jugar un juego cuyas reglas te niegas a aprender. Si estás en una empresa, estás en el ecosistema. Pon atención. Escucha.

Entiende quién necesita qué y por qué hay fricciones.

Hacerte el ciego ante la dimensión política de tu trabajo no te protege; te expone a que otros decidan tu futuro por ti. La mejor forma de hacer que la chamba sea una parte positiva de tu vida es teniendo agencia sobre ella. Y la agencia requiere contexto.