Después de publicar El Dr. Simi del software (que si no has leído, deberías darle una checada), me quedé con ganas de extraer algunas ideas fundamentales de esa analogía.
Ahí te van:
1. El título ya no alcanza
El Dr. Simi es médico. Estudió seis años. Pasó exámenes. Tiene un diploma colgado en la pared. No es “menos doctor” que otros. Lo que cambió no fue su formación, sino el valor de mercado de la consulta general.
Durante décadas, ser médico era casi garantía de estabilidad económica y estatus social. Suficiente gente vio ese futuro y tomó la misma decisión al mismo tiempo. El resultado fue una sobreoferta que el mercado resolvió a su manera: bajando precios, estandarizando servicios y separando con mucha más claridad a los generalistas de los especialistas.
En software pasó exactamente lo mismo. Durante años, saber programar era una credencial casi mágica. Bastaba con “entrar a tech” para que la narrativa prometiera sueldos altos, estabilidad y una carrera ascendente. Bootcamps, cursos, carreras universitarias reconfiguradas. Mucha gente llegó al mismo lugar… y el título dejó de comprar lo que compraba antes.
Dale clic aquí si quieres que te explique por qué creo que “la industria de la tecnología” ya no existe.
2. Cuando algo se vuelve accesible, se vuelve commodity.
Farmacias Similares no destruyó la medicina. La volvió más accesible. Bajó el costo de entrada para millones de personas y resolvió una enorme cantidad de casos cotidianos. Eso empujó los precios hacia abajo en todo el mercado de la consulta general, incluso fuera del Simi.
En software está pasando lo mismo. Frameworks maduros, plantillas, APIs para todo, no-code y ahora modelos de IA que escriben código “suficientemente bueno”. Producir software funcional para muchos casos ya no es raro ni caro. Y cuando el mercado puede obtener un resultado 80 % bueno, 80 % más rápido y 80 % más barato, no hay discurso técnico que compita contra eso.
Pelearte con esa realidad es como quejarte de que la insulina ya no es artesanal. La evidencia está allá afuera.
3. El valor se movió del acto técnico al criterio profesional.
El médico del Simi no es valioso porque haga diagnósticos complejos desde cero. Es valioso porque sabe reconocer patrones comunes, aplicar protocolos, descartar señales de alerta y, sobre todo, saber cuándo no le toca resolver el problema. Su trabajo no es genialidad; es criterio.
En software, cada vez pasa más eso. El cliente ya no llega en blanco. Llega con un diagnóstico a medias, con una idea sacada de Google, de un SaaS que vio por ahí o de una conversación con ChatGPT. El trabajo del ingeniero ya no es demostrar que sabe más, sino encuadrar el problema, ajustar expectativas y decidir qué vale la pena construir y qué no.
El valor ahora no está en escribir más código, sino en saber cuándo no hacerlo.
4. Especializarse sigue siendo una opción válida, pero es una apuesta distinta.
En medicina, los especialistas existen porque resuelven problemas raros, caros o críticos. Pagan el precio: más años de formación, más presión, más competencia y cero garantías. No cualquiera llega, y no cualquiera se queda.
En software, esa frontera existe también. Infraestructura fundamental, sistemas distribuidos pesados, compiladores, runtimes, seguridad, sistemas de tiempo real que no se pueden dar el lujo de desperdiciar microsegundos en latencia. Lugares donde un error no es un bug menor, sino millones perdidos o riesgos reales. Ahí, por ahora, no puedes soltar a una IA y esperar que diseñe sola la solución.
Pero esa no es una salida “natural” ni automática. Es una decisión consciente de carrera, parecida a elegir una especialidad médica difícil. Decidir no tomarla no te hace menos profesional ni demerita tu trabajo; solo te coloca en otro juego, con otras reglas.
5. Desarrollar software no es lo mismo que escribir código.
El Dr. Simi no “cura enfermedades” en el sentido romántico de la medicina. Alivia síntomas, orienta decisiones, filtra casos y ayuda a la gente a seguir con su vida. Y para muchísimas personas, eso es exactamente lo que necesitan.
En software, pasa igual. Resolver problemas usando tecnología cada vez implica menos escribir tú mismo cada línea y más diseñar sistemas, procesos y decisiones. Si tu identidad profesional está atada únicamente a ser “el que escribe el mejor código”, estás en una posición frágil. Porque el código, como la consulta general, se está volviendo abundante.
6. El cliente ya llega informado, confundido y ansioso.
El paciente que llega con el diagnóstico de ChatGPT no es un error del sistema; es el sistema. El médico que entiende eso no pelea con internet, sino que maneja expectativas, calma miedos y toma decisiones pragmáticas.
En software, el ingeniero que aprende de esto deja de pelearse con clientes que “ya creen saber la solución” y empieza a hacer el trabajo más difícil: escuchar, traducir y decidir. Muchas veces, el mejor resultado no es el más elegante, sino el que reduce fricción y permite avanzar.
Nada de esto significa que la industria del software esté “muerta”. Así como en la medicina, trabajo va a haber. Siempre hay problemas. Siempre hay gente que necesita ayuda.
Lo que sí murió es la idea de que el mercado te debe una carrera glamorosa solo por tener un título o dominar un framework popular.
El Dr. Simi no es una degradación de la medicina. Es una adaptación brutalmente honesta a lo que pasa cuando el conocimiento se democratiza. Y el Dr. Simi del software ya está aquí.
La pregunta no es si te gusta o no. La pregunta es qué tipo de doctor del software quieres ser ahora que existe.
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