Históricamente, la industria del software operaba bajo una regla: escribir código es caro. Tu productividad se medía en la cantidad de horas efectivas que tenías a la semana. El cuello de botella era el bandwidth humano. Si modificar un sistema dependía cien por ciento de que un ingeniero tecleara cada línea, tenías que asegurarte de que lo que iba a teclear valiera la pena.
Pusimos un montón de procesos antes de mandar a producción porque el costo de arreglar un error humano era altísimo. La economía era simple: salía más barato tener a tres ingenieros debatiendo en una llamada que lidiar con un sistema caído en la madrugada.
Hoy, el costo de generar esas líneas se desplomó en el spreadsheet de la empresa. El código es barato. Tu CEO y los inversionistas ven esto y la expectativa de output se dispara. El problema es que seguimos queriendo colaborar y protegernos usando los mismos procesos de cuando el código era oro.
Platicando con un PM esta semana llegamos a una proposición interesante: tal vez la industria ya ni siquiera debería optimizar para un Pull Request.
Si tú estás en un equipo de plataforma y le pides a un ingeniero de otro equipo que revise tu código para asegurar que no rompiste su API, le estás pidiendo que gaste su recurso más escaso, su atención, para validar código que a ti ya no te costó casi nada generar. Y si de todos modos va a usar un agente de IA para hacer ese review, la burocracia pierde todo el sentido.
Estamos midiendo la productividad con la vara del 2021 en un mercado que ya opera con la realidad del 2026.
Seguimos protegiendo nuestro código como si fuera una obra artesanal, cuando en realidad se está convirtiendo en un producto desechable. El desgaste que sientes no es solo cansancio; es la disonancia cognitiva de jugar un juego donde cambiaron las reglas y nadie te avisó.
Tal vez es hora de dejar de proteger el código y empezar a proteger tu atención.
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