Las relaciones entre personas muchas veces se basan en “vibras”. En la chamba, no siempre te puedes dar ese lujo.

Rishichandra Wawhal en su blog:

Cada vez que he tenido rupturas en amistades, relaciones o cuando las situaciones familiares se pusieron mal, he hecho todo lo posible por razonar con la otra parte. Casi nunca funciona. Explicaciones. Justificaciones. Tratar de que las cosas tengan sentido.

Pero adivinen qué, las conexiones humanas no tienen mucho sentido. Las guerras emocionales no se pueden pelear con armas de razón. Razonar es una gran utilidad, pero las relaciones humanas son mucho más que lógica. No estoy añadiendo ningún significado sobrenatural o metafísico a esto; es simplemente que, como civilización, no hemos descifrado por completo las ciencias de la intuición, la presencia, la energía humana, o como quieras llamar a esa capa subyacente. En las relaciones personales, a menudo simplemente lo captas. Sientes cuando alguien quiere algo, cuando existe alineación y cuando no. No hay mucha necesidad de un razonamiento intencional.

Pero cuando se trata de la chamba, no siempre te puedes dar el lujo de dejar las cosas inconclusas cuando el feedback que te están dando no se siente bien:

Cuando haya un conflicto, siempre razona. No justifiques ni ataques.

El principio fundamental es entender primero de qué se trata realmente la retroalimentación. Podría estar equivocada, claro, pero viene de algún lugar. Una preocupación, una limitación, un miedo, una inseguridad, un modelo mental diferente; todas estas razones son completamente válidas. Tiene sentido entender eso antes de reaccionar e incluso reconocerlo en algunos casos. Aunque no estés de acuerdo, profundizar al preguntar más sobre su duda y recopilar retroalimentación ayuda.

Siempre es mejor razonar que justificar o defender. Nos guste o no, las dinámicas de oficina involucran propiedad y apalancamiento. La propiedad, las relaciones y la percepción importan. En el momento en que te justificas o te defiendes emocionalmente, pierdes el apalancamiento. Vuelves la discusión hacia adentro. La haces sobre ti mismo. Razonar la mantiene enfocada en el objetivo, en el trabajo. Mantiene las cosas profesionales.

Te digo, que para ser mejor en tu trabajo, te tiene que valer tantita madre:

Ser dispassionate es poder sentarte a mirar tu vida profesional sin filtro romántico. Ver tu empresa, tu rol, tu proyecto, tu “sueño”, tal como está hoy, no como te lo prometieron en el onboarding ni como lo imaginaste cuando tenías veinte años. Es poder decir: “Esto me importa un chingo, pero aun así ya no hace sentido seguir aquí”.

La pasión grita: “No puedes dejar esto, es parte de quién eres”. La frialdad te deja hacer preguntas incómodas: ¿esto sigue teniendo sentido? ¿El costo que estoy pagando vale lo que estoy recibiendo de vuelta? Si hoy tuviera que elegir esto desde cero, sabiendo lo que sé, ¿lo elegiría otra vez?

Cuando estás demasiado apasionado, te casas con ideas malas solo porque eran tuyas. Confundes lealtad con sacrificio infinito. Sigues invirtiendo tiempo en algo que ya está muerto porque te aterra ser “el que se rindió”. Te convences de que aguantar es virtud, incluso cuando lo único que estás defendiendo es la historia que tú mismo te contaste en tu cabeza, pero que realmente no existe ni le importa a las personas a tu alrededor.

Cuando te permites ser un poco más dispassionate, pasan otras cosas. Matas proyectos a tiempo en lugar de esperar a que se derrumben solos. Cambias de empresa sin tener que convertir a nadie en el villano de la historia. Puedes recibir feedback duro sin salir con el ego herido. Te vuelves capaz de decir “ya no” aunque todavía te guste. Aunque todavía te duela.

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