Las Farmacias Similares del desarrollo de software

Llevo años diciendo que la industria del software está siguiendo los pasos de la de la medicina.

No es una analogía perfecta, pero pensarlo así me ha ayudado a entender por qué tantas personas en tecnología se sienten traicionadas por la industria, y por qué escribir código se está pareciendo cada vez más a dar consulta general en una farmacia de la esquina.

En una llamada reciente con algunos suscriptores del newsletter (pon tu correo aquí para enterarte de la siguiente) salió este tema, y me di cuenta de que no había escrito algo al respecto, así que aquí está.

La medicina y el software

Ilustración de un consultorio donde una mujer habla con un médico mientras sostiene un documento titulado 'Dr. Google'. En otra mesa, dos jóvenes discuten sobre el diseño de una aplicación con una computadora portátil y un pizarrón detrás que muestra diagramas.

Así como la medicina, el software es una industria que:

  1. se basa en la relación entre alguien que tiene un problema que no sabe cómo resolver y un experto que sí, y se sostiene sobre una enorme asimetría de información: el paciente/cliente no tiene forma real de evaluar la calidad técnica del servicio, solo los resultados y cómo se sintió en el proceso,
  2. por mucho tiempo premió con estatus social y económico a las personas que estaban calificadas para prestar el servicio,
  3. atrajo a muchas personas y creó una saturación de oferta para un mercado que no tiene tanta demanda,
  4. ha ido protocolizando el trabajo: cada vez más cosas se resuelven siguiendo guías, checklists o frameworks estándar, y menos desde el genio individual del experto,
  5. depende más de la confianza y la reputación que de la “pieza” concreta que se entrega: la gente elige doctores y devs por recomendación, prestigio o marca, no porque pueda auditar el código o el diagnóstico,
  6. vio nacer versiones “low cost” del servicio (Farmacias Similares, no-code, IA, consultoría barata) que resuelven un montón de casos simples y empujan hacia abajo el precio de todo el mercado,
  7. produce mucho desgaste emocional en quienes la habitan: burnout, cinismo, sensación de traición por parte de una industria que ya no cumple el trato implícito con el que se vendió la profesión.

… entre otras cosas.

“Si estudias esto, tu vida está resuelta”

Durante mucho tiempo, estudiar medicina era casi garantía de cierto tipo de vida. Muchos crecimos viendo al tío doctor que cambiaba de coche cada pocos años, se iba de viaje, tenía consultorio propio y, en general, proyectaba estabilidad y respeto.

Dos o tres generaciones completas decidieron meterse a estudiar medicina porque vieron ese futuro de manera muy tangible. Años de estudio, guardias, residencia, exámenes… con la creencia de que al final del túnel estaba ese paquete completo: buen ingreso, estatus, trabajo asegurado.

Pero no está alcanzando para todos.

En los últimos 20 o 30 años, un montón de personas tomaron la misma decisión al mismo tiempo. El resultado fue un exceso de médicos generalistas: de acuerdo con la ANUIES (Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior), de 2012 a 2017 a nivel nacional egresaron de la carrera de medicina 89,256 alumnos y 75,950 presentaron su examen profesional. Estos son 75,950 nuevos médicos que están buscando la forma de posicionarse en el mismo mercado.

No me quiero meter en los matices sociales y políticos que ponen a los médicos en esta situación (México tiene 2.4 médicos por cada 1,000 habitantes, cifra inferior al promedio de la OCDE, que es de 3.5), pero a lo que voy es esto: el título por sí solo ya no compra lo que compraba antes, y con software está pasando algo muy parecido.

Durante una década, la narrativa dominante era que lo único que tenías que hacer era saber programar para conseguir una buena chamba, con un sueldo aparentemente desproporcional al esfuerzo físico que requería el trabajo.

Bootcamps, cursos, plataformas, universidades adaptando planes de estudio para meter “programación” en todos lados. Y era cierto que había mucha oportunidad… hasta que suficiente gente llegó al mismo lugar.

Hoy no compites solo con quien estudió ingeniería en sistemas. Compites con quien se metió a un bootcamp durante la pandemia (si persistió, hoy tendrá por ahí de seis años de experiencia, que muchos considerarían suficiente como para ponerse el título de Senior en LinkedIn), con la generación que viene detrás de ti y, ahora también, con la IA que escribe tres cuartas partes del código repetitivo mejor, más rápido y por mucho menos dinero que tú.

Dar consulta se volvió un commodity

La otra parte de la historia de la medicina es el Simi. Farmacias Similares, consultorio al lado, médico con bata, diploma en la pared, consulta barata. Es accesible, está en todas partes y resuelve la mayoría de los problemas cotidianos de salud, y, lo más importante, quienes dan consulta ahí también son médicos. Estudiaron, se titularon y cargan con la misma carrera de seis años que cualquier otro doctor.

Lo que cambió fue el valor de mercado de la consulta general.

Antes, por el simple hecho de ser médico, podías cobrar caro. Hoy, para poder cobrar entre MXN $800 y $1,000 la consulta, necesitas años extra de especialidad, subespecialidad, investigación, contactos, haber publicado en medios de la industria, reputación… y aun así no hay garantía.

Hay que añadir más contexto: la medicina, igual que la tecnología, ha avanzado muchísimo. El médico que te atiende hoy no usa los mismos procedimientos ni las mismas medicinas que el de hace 30 años. El límite se empuja hacia abajo, haciendo la medicina mucho más accesible para todos.

Eso trae más competencia, sí, pero no necesariamente menos calidad.

Por ejemplo, voy regularmente al Simi cuando me siento mal, porque sé que probablemente no tengo algo que requiera un especialista. Tengo mis vacunas, estoy sano, como razonablemente bien. Afortunadamente, la gran mayoría de las veces que he ido al Simi he tenido razón: lo que me receta el doctor resulta que sí me cura o, por lo menos, me quita los síntomas.

Y muchas veces eso es realmente lo que quiero: ya queda a mi criterio si voy a un especialista a ver qué sigue después.

Por más que quieras, no puedes hacerle competencia a las dinámicas de mercado: mientras algo es más accesible, su precio baja, y las personas que operan en esa industria se tienen que enfrentar a la realidad de jugar por un ticket más bajo, con más volumen y también más presión.

En software estamos viendo una versión muy parecida a la que los doctores llevan años viviendo, con la única diferencia de que, como suele suceder con la tecnología, está siendo más rápido. “Avanza rápido y rompe cosas”, ¿no?

Opciones no-code, frameworks ultra maduros, plantillas, APIs para todo y ahora modelos de IA que escriben código decente a partir de texto. Cada vez es más fácil producir software “suficientemente bueno” para muchísimos casos. Ese es nuestro Simi del software.

La habilidad de producir en un stack popular ya no es tan diferenciadora. Y el mercado se da cuenta: si puede obtener un resultado 80 % bueno, 80 % más rápido y 80 % más barato, lo va a hacer.

Especialistas, generalistas y la capa que se está deshaciendo

Cardiología, neurología, pediatría, oncología. Cada especialidad implica años extra de estudio, guardias, exámenes y certificaciones. Y aun después de eso, toca construir reputación.

Puedes cobrar más porque estás en la frontera de algo. Porque resuelves problemas que no cualquier médico puede resolver.

Si no te vas por ahí, te quedas en el mundo de la consulta general. No es indigno ni “menos”. Simplemente opera con otras reglas: volumen alto, márgenes pequeños, más presión y menos control sobre tus condiciones.

En software, la división se está pareciendo peligrosamente a eso.

Abajo, en la frontera técnica, está la gente que trabaja en cosas que casi nadie ve pero de las que todo depende: compiladores y runtimes, arquitectura de CPU y chips, infraestructura de modelos, orquestación y optimización. Sistemas donde un error no significa un error 500 que se arregla con un redeploy, sino perder millones o, en el peor de los casos, poner en riesgo vidas.

Ahí no hay IA que hoy, por hoy, puedas soltar para diseñar sola la solución. Ahí siguen haciendo falta humanos con entendimiento profundo, años de oficio y una tolerancia rara al dolor.

Arriba, en la frontera de producto, hay otra tribu distinta. Gente que entiende problemas de negocio, que sabe hablar con clientes y leer entre líneas, detectar oportunidades donde otros solo ven requerimientos. Personas que pueden usar IA, herramientas sin código y bloques tecnológicos para montar soluciones completas.

En medio queda la capa de “sé React, sé Node, sé armar una arquitectura estándar y optimizar un poco la base de datos”. Y cada vez es más difícil justificar por qué alguien debería pagarte caro y con urgencia por eso.

El paciente/cliente ya viene con diagnóstico de Google (o de ChatGPT)

Otra similitud incómoda es el paciente que llega con el diagnóstico listo. Antes ibas al doctor a que te dijera qué tenías. Ahora llegas habiendo leído artículos, visto videos de 30 segundos en TikTok y teniendo una conversación con ChatGPT que ya confirmó todas tus sospechas de que te vas a morir pronto si no se te quita el dolor de garganta.

En software, el cliente llega diciéndote que ya vio un SaaS que hace eso por 20 dólares al mes, que con Zapier y n8n funciona, o que ChatGPT ya hizo la chamba y nomás hace falta hacer el deploy.

La chamba del ingeniero de software, igual que la del médico, ya no es partir de cero, sino manejar expectativas, tratar con pacientes que vienen con soluciones preconcebidas y con diagnósticos a medias.

El valor se mueve de “yo sé escribir este algoritmo” a saber escuchar, cuadrar el problema y entender que lo que el paciente quiere es que no le duela la cabeza y que no va a cambiar sus hábitos por más que le expliques que no puede seguir durmiéndose a las 4am todos los días y desayunando una coca con cigarro, así que realmente no hay mucho más que puedas hacer que darle un paracetamol.

¿Quieres escribir código o quieres desarrollar software?

Todo esto lleva a una pregunta que te tienes que hacer: ¿quieres escribir código o quieres desarrollar software?

En 2021 escribí:

La tendencia es clara. La verdadera ventaja competitiva para un desarrollador de software no será la parte técnica, sino las habilidades interpersonales.

Con el aspecto técnico resuelto (parcialmente) por inteligencias artificiales, las discusiones técnicas dejarán de ser la parte más importante del desarrollo. Los “programadores” ahora se dedicarán a tener discusiones sobre la ética y seguridad del código generado por la computadora. Las tareas técnicas serán resueltas, en su mayoría, gracias a la ley de Moore. Desarrollar software ya no se tratará de programar.

Aún habrá trabajos para escribir código, pero requerirán una alta especialización. Las personas que sigan escribiendo código lo harán para crear la infraestructura que soportará al resto del ecosistema: compiladores, IA, generadores de código, redes, etc.

Si estás en la industria del software y piensas que tu único trabajo es programar, heads up. Le acaban de poner fecha de caducidad a tu carrera. Y tienes de dos: o te pones a refinar tus soft skills, o comienzas a especializarte en tecnologías fundamentales.

5 años después todo apunta a que tenía razón: si lo que quieres es seguir escribiendo código como actividad principal, va a tocar bajar a problemas fundamentales que requieren alta especialización: lenguajes, compiladores, runtimes, infraestructura básica, sistemas distribuidos pesados, rendimiento serio, seguridad, criptografía. Situaciones con consecuencias reales donde un error no es nada más un error menor.

Eso se parece mucho más a hacer una especialidad médica difícil. No cualquiera llega, no cualquiera se queda y no es algo que vayas a obtener con un par de cursos de fin de semana o viendo videos en línea.

Si lo que quieres es desarrollar software—resolver problemas usando tecnología—, entonces toca moverse hacia arriba. Aprender de producto, negocio, diseño de experiencias y mejorar habilidades sociales: comunicación, influencia, liderazgo.

Y hacer las paces con que “desarrollar software” cada vez menos significa escribir tú mismo todas las líneas de código. Tienes que desapegarte de que tu identidad dependa únicamente de ser “el que escribe el mejor código de la empresa”. Porque, te digo, la neta eso ya no importa.

Elegir qué tipo de “doctor del software” quieres ser

Nada de esto significa que ya no habrá trabajo en la industria del software. Así como en la medicina, trabajo va a haber. Siempre hay personas con necesidades. Siempre hay alguien que necesita ayuda.

El tema es entender que lo que antes nada más necesitaba un título, hoy exige mucha más inversión de tiempo, dinero, experiencia y talento.

También dónde te quieres posicionar en el ecosistema es más importante que nunca. Puedes aspirar a ser el cardiólogo de referencia, vivir en la frontera técnica y aceptar un camino largo y muy especializado. Puedes ser el médico general que resuelve problemas cotidianos rápido, apoyado en protocolos y herramientas cada vez mejores. O puedes ser quien diseña la cadena completa de clínicas: producto, negocio y operación.

Lo que parece menos sostenible es seguir creyendo que, solo por tener un título o saber un framework, el mercado te debe la versión glamorosa de la profesión que viste hace diez años.

La industria del software está siguiendo el camino de la medicina. La pregunta es si vas a seguir peleándote con esa realidad o si la vas a usar para tomar una decisión más sobria sobre qué tipo de doctor del software quieres ser en los próximos años.

Y si quieres, podemos tomar esa decisión juntos: mándame un mensaje.

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