La IA afecta a estudiantes y profesionales de maneras diferentes

Jeffrey Selingo en Intelligencer:

El hecho de que los pasantes universitarios de la Generación Z y los recién egresados sean los primeros trabajadores afectados por la IA resulta sorprendente. Históricamente, los grandes cambios tecnológicos favorecían a los empleados junior, porque suelen ganar menos dinero y ser más hábiles y entusiastas al adoptar nuevas herramientas. Pero un estudio del Laboratorio de Economía Digital de Stanford, publicado en agosto, mostró algo muy distinto. El empleo para egresados universitarios de la Generación Z en trabajos afectados por la IA, como el desarrollo de software y el soporte al cliente, ha caído 16 % desde finales de 2022. Mientras tanto, los trabajadores con más experiencia en las mismas ocupaciones no están sintiendo el mismo impacto (al menos todavía), dijo Erik Brynjolfsson, economista que lideró el estudio. ¿Por qué la diferencia? Los trabajadores senior, me dijo, “aprenden trucos del oficio que quizá nunca se escriben”, lo que les permite competir mejor con la IA que quienes son nuevos en un campo y carecen de ese “conocimiento tácito”. Por ejemplo, ese conocimiento práctico podría permitirles entender mejor cuándo la IA está alucinando, es incorrecta o simplemente no es útil.

Es un buen punto, que no había considerado antes. Las universidades no la están viendo más sencilla:

Recién ahora las universidades se están dando cuenta de que las implicaciones de la IA son mucho mayores y que ya están superando su capacidad institucional de respuesta. Mientras las escuelas luchan por actualizar sus planes de estudio y políticas en el aula, también enfrentan un problema más profundo: la enorme brecha repentina entre lo que dicen que sirve un título universitario y lo que ahora exige el mercado laboral. En ese desajuste, los estudiantes son quienes absorben el riesgo. Alina McMahon y millones de otros integrantes de la Generación Z como ella están atrapados en un momento intermedio confuso: universidades que apenas comienzan a pensar cómo adaptarse y redefinir su misión en el mundo post-IA, y un mercado laboral que está cambiando mucho, mucho más rápido.

No hay mejor momento para tener hambre de conocimiento y para querer aprender; no hay peor momento para poner los prospectos de una carrera detrás de un título universitario. En Estudiar una carrera no hace que tengas una carrera escribí:

Estudiar una carrera no hace que tengas una carrera. A muchos les toca aprender a la mala: un título universitario no te hace acreedor de absolutamente nada en el mundo real. Una carrera se construye, poco a poquito, estudiando y aprendiendo, con constancia, dedicación y propósito. Lo que sea que estudies en una universidad (o donde sea) puede ayudarte a construir tu carrera, pero no es tu carrera.

Hay muchas razones para pensar seriamente si la universidad vale la pena, incluido el prospecto de una deuda asfixiante y la opción de aprender un oficio. En general, sin embargo, las personas con licenciatura ganan considerablemente más que aquellas que no la tienen.

Correlación no implica causalidad. Sí, ganan más, ¿pero es por tener un título universitario? ¿O tienen un título universitario porque socialmente ya estaban predispuestos a tener acceso a una educación universitaria que los expone a mejores oportunidades profesionales?

Otro artículo de Intelligencer (curiosamente) me hizo reflexionar sobre la industria de la educación hace unos meses:

Durante muchísimo tiempo, la educación se ha basado en medir qué tan buenos somos memorizando cosas. No es sorpresa que, cuando llega una herramienta que hace redundante la necesidad de memorizar datos, el sistema se rompe.

Cuando entré a la universidad en 2011 (unos meses después de que Apple presentara el iPad), el plan de estudios que me correspondía era de 2008 (cuando nació el App Store). Obviamente sé que no es razonable esperar que una universidad diseñe un plan de estudios en unos meses, pero se pasaron: mi plan de estudios no era muy diferente al que mi mamá había llevado ahí mismo en los años ochenta. ¿Qué esperanzas había de que pudiera aprender algo que me acercara a mi meta de hacer una carrera en desarrollo móvil? Ese fue mi último semestre en la escuela.

Históricamente, muchas universidades no han tenido los incentivos —o la necesidad— de actualizar sus planes de estudio para reflejar la realidad social a la que están enviando a sus egresados. Tal vez estamos viendo esta necesidad aparecer en tiempo real.

En el artículo original, Selingo ofrece un poco de esperanza para las universidades:

A finales de los años noventa, las universidades trataron internet primero como una enciclopedia digital. Luego, como una herramienta de correo electrónico. Solo de forma gradual construyeron páginas de cursos en la web, después sistemas completos de gestión del aprendizaje, luego cursos en línea y, eventualmente, programas enteros diseñados en torno a trabajos que no existían cuando yo era estudiante. Internet no solo añadió una herramienta: reconfiguró la forma en que interactuamos con la información y entre nosotros.

Entiendo el punto que quiere hacer, pero creo que falta un entendimiento fundamental de la tecnología para hacer esa comparación: internet habilitó la comunicación entre humanos, mientras que los LLMs lo que hacen es aislarlos; la idea de un LLM es que no necesites de un humano.

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