Lo que te hace molesto no es lo que crees

Haley Nahman en su publicación de Substack, Maybe Baby, habla sobre la vez que se dio cuenta de que alguien en su vida era una persona molesta:

Eran dulces, inteligentes y peculiares en el buen sentido, pero tan paranoicos por ser una carga que estaban constantemente nerviosos y complacientes. Eran tan tímidos, tan reservados, tan propensos a disculparse que nunca pude comprenderlos del todo, y en cambio, pasaba todo mi tiempo intentando averiguar cómo neutralizar su ansiedad, lo que hacía que fuera difícil estar cerca de ellos. Me parecía tan irónico y frustrante que pensaba en ello todo el tiempo: ¡Lo irritante de esta persona era su miedo a irritar! Y así, la teoría, que quizás ya hayas adivinado o intuido, es simple: Lo que te hace molesto para los demás no es aquello que te preocupa que te haga menos digno de ser amado, sino cualquier rasgo, comportamiento o reacción automática que hayas desarrollado para compensar dicha preocupación. A veces, esta compensación es una actuación consciente; otras veces, está imperceptiblemente arraigada.

Algo que he aprendido (y se ha hecho mucho más evidente después de los 30) es que las personas muchas veces ya tenemos una idea preconcebida de lo que pensamos de alguien más, y vamos a buscar cualquier oportunidad para reforzar esa idea en nuestra cabeza. Darme cuenta de esto me ha hecho entender que por más que quiera, o más esfuerzo que le ponga, realmente la opinión que los demás tienen de mí tiene mucho menos que ver conmigo o con lo que hago de lo que había pensado.

En México tenemos una frase que lo captura: “ningún chile le embona”.

Entonces mejor haz lo tuyo, sé genuino, y deja de preocuparte por lo que las demás personas van a pensar de ti. En una de esas, hasta terminas siendo menos molesto para ellas.

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