El impacto que sí importa no escala, ni se puede medir

Antes de comenzar, por favor tómate un minuto para ver este video:

The largest household air-conditioning unit Rube Goldberg machine is 68 steps and was achieved by The World of Domino, Guangdong Midea Refrigeration Plant Company Co., Ltd, and MediaStorm in Hangzhou, Zhejiang, China, on 29 October 2023.

The machine, consisting of 68 air conditioning components and featuring over 70 steps, took more than a month to design and construct, with the goal of activating an air conditioner.


Crecí en una sociedad donde hacer cosas grandes (o ayudar a hacer cosas grandes) era algo de mucho valor social. En 2010, apellidarte Pérez o López y tener el logo de Facebook o Google en tu LinkedIn prácticamente te hacía una celebridad local. “Alguien de México está contribuyendo a desarrollar un producto con impacto global”.

La narrativa predominante iba de estar agradecido por tener el privilegio de formar parte de algo más grande.

Porque todo tiene que escalar. Más rápido. Más eficiente. Más innovador. Más disruptivo.

Deberías dar gracias de que tienes chamba y que tienes la oportunidad de impactar a tantas personas desde tu casa. Estás ayudando a cambiar el mundo.


Ver una máquina de Rube Goldberg en acción es entretenidísimo. Da lo mismo si es un aire acondicionado que se prende o una pieza de arte siendo revelada. El sentimiento de “no mames, todo lo que pudo haber salido mal; todo lo que tuvo que pasar para llegar a este resultado” nos deja con una sensación de asombro.

Ser parte de una máquina de Rube Goldberg es otra cosa.

Hoy casi todas las carreras profesionales se han vuelto como máquinas de Rube Goldberg: somos una parte muy pequeña de una máquina que, vuelta tras vuelta, engrane con engrane, está, en el mejor de los casos, resolviéndole un problema a alguien. En algún lugar, bajo alguna circunstancia o detrás de algún feature flag. Y como parte de esa máquina que no está al frente, no te queda más que confiar. 

La cosa es que cuanto más cerca del inicio de la máquina estás, más acrobacias tienes que hacer para atar tu pequeña contribución a un sentido de satisfacción que no te haga preguntarte si realmente perteneces, si realmente haces una diferencia en el resultado final.

Cualquier día random, atrévete a abrir LinkedIn, y te vas a topar con varias publicaciones de gente recordándote que tu empresa no es tu familia; que los únicos que se van a acordar de que trabajaste horas extra son tus hijos, porque no estuviste presente; que a la primera de cambios, el que va a perder el sustento eres tú, aunque el CEO diga que “es completamente su responsabilidad” haber contratado de más en pandemia.

Pero mi analogía no escala. Porque, al contrario de una máquina de Rube Goldberg, donde si quitas una pieza el aire acondicionado no se prende, o La Mona Lisa no se revela, la empresa va a seguir existiendo, entregando resultados y haciendo lo que hace —incluso si faltas tú.


En julio de 2024 obtuve mi certificación de buceo, y registré 9 inmersiones para el final del año. La semana pasada registré mi inmersión #77.

Bucear me ha encantado, no solo porque debajo del agua he encontrado una actividad meditativa, sino porque me ha hecho encontrarme con una parte de mí con la que hace mucho no conectaba: sentir que puedo ayudar a alguien; hacer el cambio, de manera directa.

Hace unos meses estoy colaborando como parte del staff con el centro donde me certifiqué: abucear.mx. En abucear.mx tenemos una clase de flotabilidad perfecta. En esa clase le enseñamos a los buzos a encontrar su lastrado correcto, técnicas de desplazamiento más eficientes y a no depender de su BCD para moverse en la columna de agua, entre otras cosas.

En una de las primeras clases a las que asistí como parte del staff, me tocó trabajar con una chava. Ella ya había buceado, y bastante, pero hace mucho tiempo, y su principal reto era que no se sentía segura debajo del agua: le costaba trabajo mantener el control de su postura, y su consumo de aire era bastante alto. La clase de flotabilidad perfecta le iba a caer como anillo al dedo, así que nos pusimos a chambear.

Platicamos dos clases presenciales antes de irnos a la fosa a practicar. Su aprehensión era evidente. Ya en el club, hicimos algunos ejercicios fuera del agua, encontramos su lastrado ideal, le corregí postura y patadas dentro del agua, y practicamos hacer cambios de profundidad con puro control de respiración.

El ejercicio final fue un camino de obstáculos que tenía que pasar poniendo en práctica todo lo aprendido, y lo pasó como si nada. Su progreso fue inmediatio y palpable. 

Al finalizar la clase, después de casi 4 horas en la alberca, se me acercó para agradecerme por la ayuda. Pero lo que he traído clavado en la mente desde ese día es un comentario que de seguro ella ni se acuerda que me hizo: “Nunca creí que me iba a poder sentir cómoda buceando; ahora siento que ya podré disfrutar muchísimo más mis salidas.”


Llevo 15 años en una carrera que te condiciona a sentirte contento siendo una pequeña parte de algo mucho más grande. Por ahí del 2009, recuerdo que toda la narrativa giraba alrededor de “cambiar al mundo”. Todo se trataba, por lo menos en mi universo, de cómo “lograr” trabajar en las empresas más grandes: Facebook, Google, Apple, Uber; o en productos que tuvieran la mayor cantidad de usuarios posibles.

Resolver problemas “a escala”.

Todavía recuerdo que hace poco me sentía extrañamente orgulloso al decir que mi código corre en más de 1,000 millones de dispositivos. Sí, lo hace. Sí, lo hice. Pero el trago es amargo al recordar ese dato curioso y sentir que no aporta en lo más mínimo a mi sentido de satisfacción general. ¿Cuál era el propósito?

Estoy seguro de que el código que escribí le ayudó a alguien. Y si no le ayudó a alguien, por lo menos le agregó valor al negocio. Y si no, pues bueno, por lo menos está corriendo en muchos aparatos en todo el mundo…

Hmmmm…

Está chido. Pero hoy realmente no importa.


El trabajo en software es interesante, y ciertamente es un privilegio poder ganar un sustento interactuando con una piedra que piensa. Pero después de varios años como Engineering Manager, y más recientemente, como parte del staff del centro de buceo, algo se ha vuelto bastante aparente: extraño sentir que tengo la capacidad de efectuar el cambio de manera directa. Extraño tener evidencia de que mi aporte importa. Extraño no tener que hacer malabares mentales para tener idea del valor e impacto real de mis contribuciones en otras personas.

Recientemente he tenido una oportunidad increíble: la de recordar que también se puede, y es extremadamente satisfactorio, ayudar directamente a alguien. 

Recibir un “muchas gracias, nunca creí que me iba a poder sentir cómoda buceando” o un “gracias por ayudarme a entender mejor este problema” supera, por mucho, cualquier sentimiento de satisfacción que he tenido después de entregar un reporte a tiempo, resolver un PR, hacer una propuesta de infraestructura, o de tener código corriendo por todo el mundo.

Trabajar con personas. Uno a uno. Ahí está.

Tal vez no escale. Tal vez no sea lo más óptimo. Y no se puede automatizar.

Pero, ¿sabes qué? Después de tanto tiempo de aceptar y tener que confiar en que mi contribución aporta de alguna manera para hacer la diferencia para alguien en algún lugar, voy a tomar cualquier oportunidad de asegurarme de que hice todo lo posible por ayudarle directamente a alguien. Dentro o afuera del agua.

Categorías: , , ,

Vuélvete miembro para dejar comentarios, y desbloquear otros beneficios.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *