Amber Ferguson en el Washington Post (link de regalo):
La educación superior ha adoptado en gran medida la cultura de los influencers, que ya domina la belleza, los viajes, la salud y muchos aspectos de la vida cotidiana. Numerosas universidades, como la de Miami, invierten en marketing dirigido a estudiantes creadores de contenido como herramienta de captación o se han sumado al fenómeno viral de RushTok y la selección de miembros para las hermandades femeninas. Sin embargo, el mundo de los influencers también puede ser problemático, cruel e impredecible, como descubrió la Universidad de Miami el mes pasado, cuando una acalorada discusión entre dos estudiantes de primer año, que trabajaban como influencers, se extendió fuera de internet, generando semanas de titulares en la prensa sensacionalista y llegando incluso a la oficina del decano de estudiantes.
Sostengo que muchas universidades, sobre todo las privadas, ya no existen para educar, sino para hacer conectes. La universidad de Miami tiene una subespecialización en redes sociales:
“Muchos jóvenes de esta generación saben lo que quieren y aspiran a ser su propia marca”, afirmó Wanhsiu Sunny Tsai, profesora de la Facultad de Comunicación de Miami, que este semestre introdujo una especialización en redes sociales tras la abrumadora demanda estudiantil.
El programa, abierto a cualquier estudiante de la universidad, incluye cursos de análisis de redes sociales, creación de contenido, redacción para redes sociales y narración de historias en podcasts, muchos de ellos con inteligencia artificial integrada. Tsai comentó que su departamento está reclutando profesores con experiencia como enlace entre influencers y marcas, y que puedan abordar temas como el cumplimiento legal y la gestión de crisis.
Sin embargo, la verdadera formación para los aspirantes a influencers podría estar en lo que hacen fuera de clase.
No shit, Sherlock.
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