Velocidad, Distancia, Dirección

Durante casi toda mi vida, intentando crear una carrera, me enfoqué únicamente en una cosa: qué tan rápido podía llegar a mis metas.

Me clavaba en ver que otras personas llegaban antes que yo a mis metas. Eso dolía — y más cuando, según yo, ellos no habían trabajado tan duro como yo. Que no se lo merecían tanto como yo.

Después de muchos intentos de llegar más rápido, cuando me di cuenta de que no era una manera sostenible de vivir, decidí cambiar mi enfoque. Ahora quería llegar más lejos.

Funcionó por un tiempo, hasta que me comencé a frustrar de nuevo al ver que personas a mi alrededor lograban cosas que yo no había podido. Que llegaban a lugares a los que yo no podría llegar, porque mis circunstancias simplemente no me lo permitirían.

Mucha frustración, berrinches y hasta llantos después, entendí que ni la velocidad ni distancia recorrida importaban si no tenía bien claro a dónde quería ir, en primer lugar — y por qué.

Entendí que la velocidad y la distancia son cosas que puedo medir, y que por eso es fácil usarlas como medida de mi valor. Porque me puedo comparar, y a mi ego le encanta cuando le hago creer que soy mejor que alguien más. Pero también le duele mucho cuando sucede lo contrario.

También entendí que ningunas de esas dos opciones son benéficas para mí a largo plazo.

Así que hoy, en vez de preocuparme por qué tan rápido y qué tan lejos llego, me enfoco en tener clara la dirección en la que voy.

Porque de nada sirve ir rápido o llegar lejos, si el lugar en el que termino es uno en el que no quiero estar.

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