Crecí con la idea de que no tener objetivos en la vida era una muestra de mediocridad.
Y que si tenía un objetivo, debería de trabajar por ello como si fuera lo único que importaba.
Conforme he ido creciendo y he aprendido más de la vida, me doy cuenta del daño que esas ideas me hicieron.
Porque me llevaron a sentirme mediocre por “no tener objetivos” cuando debí de sentirme satisfecho porque estaba perfectamente contento con mi vida en ese momento.
Y me llevaron a trabajar duro, muchas veces hasta quebrarme, por ese algo que me había propuesto conseguir.
Solo para darme cuenta de que cuando por fin lo alcanzaba, el ciclo comenzaba de nuevo.
No me daba chance de disfrutar el logro, porque inmediatamente comenzaba a sentirme mediocre por no tener algo más qué perseguir.
Es un espiral horrible. Y cansado, y desmoralizante.
Insostenible.
Durante los últimos años, me he enfocado en buscar maneras de romper ese espiral.
Hoy sé de la importancia de tener un balance que me permita disfrutar, apreciar y agradecer mis circunstancias actuales; mientras me pongo objetivos suficientemente inspiradores para que me motiven a trabajar por ellos, pero no tanto como para que desvivirme por ellos sea una opción.
A veces lo logro, y a veces no.
Y cuando no, sé que puedo regresar a la práctica. Y poco a poco he logrado aprender a romper ese espiral más fácilmente.
¿Quieres explorar más temas relacionados? La próxima semana, en Pathways, vamos a tener como invitado a un Psicoterapeuta de profesión que nos va a venir a platicar sobre balance vida/trabajo y salud mental. Acompáñanos.
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